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La privatización de los servicios públicos es una moda curiosa. Nos dan a elegir entre privatizar o aguantar un mal servicio, y cuando uno se ha pasado años quejándose, la opción se considera. Se supone que la limpieza de las calles, el metro, los bomberos, los hospitales... se pagan con dinero público y por lógica es el gobierno quien debe gestionar estos bienes. Se compromete a mantenerlos en buen estado y controlar que nadie se aproveche o cometa abusos de ninguna clase. Pero aparece el fantasma de los bajos presupuestos y con ellos las deficiencias. Con las deficiencias los accidentes y los errores que llegan a las noticias en forma de desgracias o escándalos, a no decir de los abusos, los robos, las malversaciones que son ya típicas en cualquier administración. La gente pone el grito en el cielo y pide, también a gritos, que mejoren los servicios. Es entonces cuando surge de la nada, como un superhéroe, el concepto salvador: La privatización. O lo que es lo mismo, escurrir el bulto y pasarle el muerto a otro. Así la administración le puede decir a los votantes y ciudadanos que la culpa (en caso de que haya un problema) es de la empresa contratada. Pilatos debería pedir derechos de autor o haber puesto un negocio de lavamanos con el que se hubiera hecho millonario.

¿Cómo es posible que con el dinero público destinado a un servicio, no le alcance al gobierno para mantenerlo y sin embargo, a una empresa privada le alcanza e incluso le salga rentable? Las empresas no son hermanitas de la caridad y en el fondo buscan el lucro, no dar servicios. ¿Deberíamos estudiar la manera en que la empresa privada realiza las cuentas? Así los gobiernos podrían copiar esa fórmula secreta y tener por fin buenas administraciones.

¿Hay algún truco financiero que desconocen las autoridades? Primero, que las empresas que se quedan con el lote suelen ser de alguien, nepotismo elevado a ciencia. Segundo, que en política, en las administraciones públicas, se roba mucho más que en la privada porque simplemente son más a repartir. Privatizando, la repartición se limita a las altas esferas y se elimina el rateo menor. Es quizá ese margen el que permite a una empresa privada hacer negocio y cumplir los contratos. Cumplirlos al mínimo, claro está.

Hay una cola inmensa de empresas, amigas o afines a los políticos de turno, esperando que les den su hueso, su cachito del pastel, su servicio público a privatizar... cachito de pastel que en muchos casos representa millones y millones de euros, dólares o similares. Si no, no habría nadie haciendo cola. Poco a poco, encontraremos que todo lo público está en manos de empresas privadas. Que todo lo que debería ser de todos está administrado y controlado por unos pocos, que se hacen millonarios con el tema. ¿Qué pasará cuando estas empresas vean rentable una guerra, cuando los ejércitos sean privados? ¿Sería rentable la reconstrucción de uno o varios países destruidos por esa guerra? Todo menos los Ministerios de Economía. ¿Por qué no contratamos administradores privados para que administren el dinero público? Y nos dejamos así de políticos, elecciones, propaganda, corrupciones...

Cuando la policía sea privada ¿investigarán la corrupción de sus jefes? ¿Los desfalcos? ¿Apagarán los incendios de las naves industriales, cuado pertenezcan a empresas de la competncia? ¿Qué pasará con los ciudadanos que no paguen o no tengan con qué pagar el reecibo dels ervicio en cuestión? La basura, los bomberos, la seguridad... todo es ya privado. En EEUU las cárceles y los vigilantes de las cárceles son empresas privadas y más de una vez les han pillado contratando delincuentes para esa tarea.

¿Qué pasa cuando el ciudadano quiere protestar por un mal servicio ya privatizado? Que la administración escurre la responsabilidad. Mira hacia otro lado. Encontrara un muro inexpugnable de papeleo y burocracia. Y esa falta de base legal le da a los gobiernos libertad para que los errores sigan sin culpa ni culpables. Intente usted reclamar, si se atreve.

La experiencia histórica habla de países que quisieron gestionar todo lo público, haciendo público todo lo privado, es decir, el sentido opuesto. Pero el fracaso ha sido estrepitoso. ¿Por qué? Una vez más volvemos al eterno problema de base: la incompetencia, la corrupción y la mala gestión. Por eso las opciones son pocas. Los economistas deberían inventar algo nuevo. Al final todos somos capitalistas, queramos o no.

Deberíamos quizá privatizarlo todo, privatizar el planeta con alguna empresa extraterrestre que gestione planetas y así, dejar que hagan un saneamiento de la ecología, los recursos energéticos... Vivimos en un mundo donde hasta las religiones se han privatizado y se manejan en base a intereses económicos. Las aseguradoras se adueñan de todo y las petroleras compran el resto. Al final resulta que todos pertenecemos a la misma empresa. Somos empleados de un mismo sistema para el que trabajamos sin descanso. Esclavos con derechos. Derecho al cine, a la tele y días libres; nada más.

Pablo Jato
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