Los dólares creen en Dios, está escrito en tinta si no es que en sangre, en el reverso de los billetes de unidad. A su vez, los mortales creen en el dólar. Deberíamos creer en Dios, pero cuando vemos que hasta el Papa tiene grandes inversiones, quiere decir que no todo está en manos de los cielos. El Papa confía en el dólar, pero el Vaticano, con su propio Banco, invierte por si acaso otras monedas, en especial la Suiza, que es atea.
Dicen que el dinero es cosa del demonio, será por eso que está detrás de todas las guerras, desgracias e injusticias. Entonces el demonio ¿confía en Dios? Porque esa es la palabra exacta: confiar y no creer, que no es lo mismo.
Aunque hoy en día la norma de supervivencia más básica es no confiar en nadie, hay quien aún confía en sus inversores, personajes sagaces y astutos como el Sr. Madoff, que al final, trató de apropiarse nada menos que 50.000 millones de sus “pobres” clientes. Con gente así, a la fe le tiemblan las piernas. Es lógico. O quizá no; es ahora cuando se debe confiar con más fe que nunca y encomendarse a todos los santos a la hora de invertir. Milagro será si salimos con bien.
Bienaventurados los confiados porque ellos serán estafados. Ser tonto no es pecado. ¿Habrá sido un milagro que el FBI detuviera a Mr. Madoff? ¡Aleluya hermanos!
La gente no tiene convicciones tan férreas como el dólar. Ya nadie cree en los gobernantes, ni en los empresarios, ni en la policía… ni en los curas.
Dicen que la fe y la confianza valen oro. Y el oro se lo reparten justamente los que desconfían de todo y de todos, acumulando millones y millones. Los de allá arriba se sienten dioses. Extraño fenómeno que sufren los que se sientan sobre un buen montón de dinero. In money we trust.
El ser humano vive obnubilado por el dólar. Lo acumula, guarda, atesora… ¿Se puede poseer la confianza? De votantes, televidentes, compradores, afligidos todos por una crisis financiera que no entienden. Quizá es la falta de confianza lo que genera la crisis. Como nos vamos quedando sin dólares, nos falta.
Quizá es la ausencia de un verdadero dios, que tenga respuestas tangibles en este mundo material. En ese terreno el dinero sabe mucho y a falta de dios, buenos son los fajos de billetes. Es el dios de nuestros días. Es decir, los dólares confían en ellos mismos. Es un círculo vicioso. Pero si escribiéramos en los billetes la frase “confiamos en nosotros mismos” la gente podría interpretar ese mensaje a la inversa y se preguntarían: ¿Realmente confiamos en nosotros mismos? Y hasta en esa respuesta habría dudas. No sería creíble.
En definitiva; la economía es un asunto de fe. Dogma religioso. Hay un Dios, verde, muy poderoso y con muchas oraciones puestas en él. Peticiones, deseos, esperanzas… Algún que otro dios podría sentir envidia y hasta celos.
¿Serán santos los que salen en la otra cara del dólar? En todos es la cara de un presidente. ¿Saldrá Bush en algún billete? Pondría: I Trust in myself. Pero sería mentira. El único que confió dinero en él fue su padre y lo perdió. Dudo que le tenga todavía algo de ese bien tan preciado.
Habrá que ponerle velitas a San George Washington, guía de los infortunados. Y un cirio a San Benjamín Franklin, patrono de los centenarios.
Y por favor, nada de meterlos en el tanga de esa bailarina de streptase… ¡Qué sacrilegio! Además seguro que ellas no confían en nadie.
Habrá que alegrarse de que algo o alguien hoy en día tenga fe, confianza, aunque sea un trozo de papel, ya que la gente parece haberla perdido por completo. |
|