Los periódicos gritan mentiras y silencian verdades, la televisión distrae nuestra conciencia y envenena nuestro subconsciente. Karl Marx dijo que la religión es el opio del pueblo porque no conocía la televisión, aunque la culpa no es de ella si no de quienes la manejan, utilizando su enorme capacidad de comunicar y de enseñar para la triste tarea de la hipnosis colectiva. La tienen secuestrada y trabajando para un sistema podrido que se derrumba en cámara lenta. No hay que matar al mensajero.
Aún así, queremos creer. Queremos creer que todo es verdad; que las informaciones son ciertas y los anuncios una bendición. Publicidad construida y diseñada para hacer blanco en nuestras debilidades. En la envidia, el ego, las ansias de rejuvenecer, de ser más guapo, más rico, el número uno… ¿Tan necesitados estamos de todo eso?
Queremos creer que aún somos los dueños de nuestro destino, a pesar de que ese destino esté ya consumido en las mentes de quienes nos trazan los caminos. Hay alguien por ahí escribiendo el futuro, poniéndole fecha a las guerras, los ataques, las respuestas, las crisis, el hambre, la sed… las necesidades humanas están en la palma de la mano de alguien, escondido detrás de alguna logia, debajo de alguna alcantarilla de lujo, encima de las nubes.
El opio del pueblo es el mismísimo ego. Miramos sin saberlo a un espejo mágico que nos repite una y otra vez lo que queremos oír. Queremos oír que todo lo malo está muy lejos, que los hambrientos y los pobres andan en países más allá de nuestro alcance. Que nada es contagioso.
Pero algo sigue ahí, contagiando nuestras ganas de vivir. Queremos tener opinión y algo muy dentro nos empuja a sacarla de nuestras bocas. No queremos sentirnos esclavos, ni doblegados al silencio y la obediencia absurda. Queremos sentir que gobernamos, que sabemos, que nos damos cuenta de todo y quizá es cierto. Nos damos cuenta de que algo no funciona, de que algo va mal, de que las piezas no encajan y a la vez pensamos que nunca seremos capaces de hacerlas encajar. De alguna manera nos han vacunado contra la revolución. Nos han convencido de que es imposible mover las montañas de sucesos que pasan frente a nuestros ojos. Vemos niños y adultos pidiendo a gritos ayuda y los dejamos pasar como si nada, olvidándolos con sutileza en el siguiente anuncio de la tele, en el gol del último partido. La dispersión de la responsabilidad parece una asignatura obligatoria.
Queremos saber la verdad de lo que ocurre y cuando surgen noticias o salen los secretos a la luz pensamos: “¡lo sabía!” Sabemos que nos engañan, sabemos que la verdad que nos cuentan, la que compramos y aceptamos, no es la verdad. Lo malo es que no tenemos nada mejor con qué sustituirla.
Queremos que alguien haga la revolución, que alguien venga y destape toda la corrupción, toda la maldad, toda la falsedad… que llegue un iluminado y meta a la cárcel a los políticos, que ponga en su sitio a los jueces holgazanes, a la justicia injusta, a los traficantes mafiosos… que alguien tape de una vez las chimeneas y los desagües que tanto contaminan, pero eso sí, sin poner en riesgo la comodidad de nuestra vida diaria. Sin encarecer los precios, sin que nos quiten los canales de televisión ni los chats en Internet. Sin que nos quiten el coche, la casa, la luz o la nevera, que no nos quiten el sábado noche ni las drogas.
Queremos tantas cosas, queremos creer en tantos antagonismos, al mismo tiempo… Queremos saber, no saber, poder y que el poder nos haga el trabajo. Queremos vivir en paz y sin complicaciones, en un mundo sin héroes lleno de bandidos. Queremos mirar, y protestar y denunciar lo que no nos gusta sin movernos del sillón, sin que se nos vea la cara, sin que nadie se fije en nosotros por si acaso.
Queremos creer, incluso en fantasías y mentiras porque necesitamos creer. Nuestra curiosidad ncesita una ventana, una luz, sentirse viva. Queremos saber porque quizá entre tanta noticia y tanta información, desinformación sobre lo que nos rodea, no encontramos sin saber nada de nosotros mismos.
Queremos ser héroes ante el espejo. Mientras, detrás del espejo, como magos de Oz, los políticos mediocres se aprovechan.
Queremos creer en tantas cosas, mientras nos vamos poco a poco durmiendo en el sillón por el efecto de la hipnosis.
Al final nos lo creemos todo, porque no creemos en nada.
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