Gas en el teatro de Moscú, lava en el asfalto
lluvias torrenciales en verano, café descafeinado.
Resacas de Prozac y Lexatín, borracheras de tristeza.
Terroristas de doce años
arsenales de piedras contra tanques blindados
suicidios en defensa propia
Rutinas de hambre, rutinas de SIDA
Muertos vivientes
Cementerios de oficinas
Ciudadanos embobados con Raúl y con Ronaldo
Gobernantes ignorantes delincuentes maleantes
Se pasean ante mí, en cada telediario
Yonkis de fusiones y opas hostiles
especulaciones.
Puteros y sus orgías internacionales en hoteles de lujo,
palacios, circos romanos con calefacción y aire acondicionado.
Cumbres de poder y grandes desayunos,
mientras la sangre de los pueblos tiñe la alfombra roja de la bienvenida.
Y empiezo a divagar y me enveneno de injusticia y tengo ganas de llorar
Y no me importa lo que digan, sé que algo podré cambiar
porque la Paz no es una utopía.
Los ojos no sirven de nada. Miramos cara a cara a la muerte
que se ha vuelto pederasta y no nos conmueve.
La injusticia nos mete sus sucios dedos en los ojos por la mañana,
por la tarde, por la noche, en cada edición del telediario
y no nos duele, no nos molesta, ya ni siquiera lloramos.
La boca es tan solo un agujero en la cara al que llenar de comida.
Ya ni siquiera cuando nos joden gritamos
y cuando tenemos algo verdaderamente importante que decir, callamos.
Los oídos solo sirven para ser agujereados y colgar aritos.
Los niños gritan, los muertos gritan, los presos gritan,
el mar grita, el cielo podría gritar y no escuchamos.
Las piernas solo sirven para conducir coches y llevarnos al trabajo.
Tenemos ganas de huir, tenemos la obligación de huir,
tenemos que atrapar al ladrón y no corremos.
Nos quedamos parados.
Las manos arriba que esto es un atraco.
Nos pegan, bofetones de hipocresía, puñetazos
de falacias y promesas incumplidas
y ni una bofetada devolvemos y ni un puñetazo damos.
Las manos solo nos sirven para estar esposados.
La cara muy dura para poner la otra mejilla.
Nadia Carro
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